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Homo Cínicus
La semana pasada
estuve haciendo la cobertura de un encuentro entre autoridades de la
Iglesia Católica y del Pueblo Judío en Buenos Aires, enmarcados por
lo que dieron en llamar el Tzedek y el Tzedaká, que nos es más ni
menos que la Justicia y la Caridad. Al fin del encuentro, elaboraron
un documento en el que se comprometían ambas comunidades religiosas
a seguir trabajando sobre diversos aspectos concernientes a lograr
una mejor justicia y una más amplia y mejor caridad entre otras
cosas. Al momento de sentarme a escribir este editorial sobre el
informe “Los niños y la guerra”, inmediatamente me vino a la mente la
necesidad imperiosa de recurrir a los conceptos expresados en dicha
reunión de enlace entre católicos y judíos, reunión que por otra
parte pienso que debería ser más amplia en cuanto a los actores,
pues todas las religiones deben participar en forma conjunta, a los
efectos de lograr una mejor justicia y una mayor caridad. Volviendo
a los conceptos, parece que el famoso “homo sapiens” está expandido
en este planeta sólo en dosis homeopáticas y a los efectos de que
algún científico pueda elaborar una mejor teoría evolutiva, dado que
a juzgar por los hechos cada vez más atroces que se conocen, estamos
muy lejos de lograr tal “sapiencia”.
Digo
esto con
ciertos números en la mano, así como historias que llegan a nosotros
diariamente a través de diferentes medios y también con solo
caminar las calles de la ciudad donde vivo, pues no solamente se ve
injusticia y falta de caridad en los lugares donde hay un conflicto
armado, sino que también la hay donde los conflictos son
subyacentes, como por ejemplo el hecho de la violencia urbana, que
cada día es más terrible y se lleva enorme cantidad de víctimas
dejando a una enorme cantidad de huérfanos, mutilados y
desplazados, no solo territoriales, sino también sociales, pues
además la discriminación existe y tiene buena salud, mal que nos
pese a muchos.
Por otra parte,
cuando uno lee los informes de organismos internacionales como los
de UNICEF, ACNUR, o mismo de las Naciones Unidas, no pude sino
quedar pasmado de tal grado de violencia, que no solamente pasa por el
tema de las armas o de las terribles matanzas que se cometen en los
lugares de conflicto armado, sino y lo que es también gravísimo, el
alto grado de locura que el ser humano imprime a sus actos, cuando
estos pasan por la violación, no solamente de las mujeres (ya de por
sí terrible), sino que también llevan al sometimiento a criaturas
que bien podrían ser sus propios hijos, lo que habla a las claras de
una total falta de formación militar en lo que respecta a tratados y
convenciones y también denota una política de reclutamiento de
combatientes que deja mucho que desear en el aspecto psicológico.
Por otra parte
la locura no termina allí, en la violación, sino que se intensifica
con otras actitudes mucho más atroces como es la mutilación y muerte
de los seres más allegados de la víctima, el total y absoluto
abandono a su suerte o la esclavitud, ya sea a nivel sexual en el
caso de las niñas o a nivel militar en el caso de los varones
reclutados por la fuerza para cometer los mismos atropellos y las
mismas barbaridades que los captores hicieron a su comunidad.
Las cifras son
escalofriantes de por sí cuando hablamos de 2 millones de niños
muertos en la última década, de 6 millones de heridos o mutilados,
de 1 millón de huérfanos, de 10 millones con traumas psicológicos
profundos, de 300.000 niños-soldado, de 25 millones de desplazados o
que 10.000 niños por año son víctimas de las 60 millones de minas
antipersonales diseminadas en aproximadamente 90 países; todos estos
números sin contar las últimas locuras: Irak y Sudán.
Solamente en
Europa viven 100.000 niños separados de sus padres, en Ruanda pos
masacre hay 45.000 hogares encabezados en un 90% por niñas y 40
millones de niños por año no son registrados al nacer los cual los
coloca ya al nacer en un total estado de indefensión, pues no tienen
ni nacionalidad ni nombre…
Para colmo de
males el SIDA hace estragos, a tal punto que ya mató a casi 4
millones y dejó huérfanos a otros 13 millones más.
De sólo pensar
que aquí no está censada la guerra social urbana y cotidiana, con el
secuestro y desaparición de niños para el comercio sexual o de
adopción, para ablaciones, para el tráfico de drogas o “simplemente”
para el trabajo en condiciones de esclavitud; dan ganas de solicitar
que paren el mundo y comencemos de nuevo la historia.
Para colmo de
males, somos tan cínicos que creemos que porque en algún momento se
creó un sistema de organizaciones como el de la ONU, todos estos
problemas están resueltos o en vías de resolverse, como si fuera un
acto mágico. La realidad es muy distinta: los organismos como la
ONU, el Comité Internacional de la Cruz Roja y el resto de los
organismos y ONG’s que trabajan para que estos temas desaparezcan,
en realidad lo hacen con presupuestos por demás exiguos y que no
siempre llegan a tiempo para situaciones de emergencia. Por ejemplo
en 1998 se solicitó 3.000 millones para el tema del SIDA y se
recaudaron de donantes…300 millones. Parece que el SIDA no es un
tema prioritario en la agenda de algunos países.
Pero lo que es
peor aún es el cinismo llevado a escala de discriminación también a
la hora de la financiación, ya que en el caso de las donaciones para
Kosovo se recaudó a razón de U$S 0,59 por día y por persona, pero para
el tema de los 12 millones de africanos sólo se recaudó U$S 0,12 por día y por persona. ¿Será que los negritos no tienen
derecho a vivir?
Si los países
desarrollados (Sí, los ricos), cumplieran con lo pactado
del 0,7% de su PBI, habría 100.000 millones más por año para ayudar.
En fin parece que el presupuesto de guerra aumenta y el presupuesto
de paz disminuye en algunos lugares que se dicen de primer mundo.
Ahora bien, ¿qué
hacemos con el problema de los niños, desplazados, guerreros,
prostituidos, traficantes y en general al borde la muerte carnal,
pues la espiritual parece que ya ocurrió?
Ante todo, no
colaborar con las guerras en sus diversas formas, incitar al desarme
y educar a nuestros hijos en los conceptos de paz, solidaridad,
amor, y compromiso. Ayudar a los organismos y exigir y hacer cumplir
los derechos de nuestros niños, teniendo en cuenta que TODOS son
“nuestros niños”, sin dejar de lado a los que profesan otra
religión, o son de otra etnia cultural, o tan solo de un país vecino
en el cual el idioma es distinto.
Exijamos que se cumpla la premisa
del Tzedek y el Tzedaká.
Si
todos nos comprometemos en un cambio hacia un mundo en paz,
es posible que quienes nos sigan en el devenir de la historia
lleguen a pensar que en realidad fuimos “Homo Sapiens” y no Homo
Cínicus.
Alejandro Alvarez Coronel
Julio de 2004
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