|
|
|
 |
Ante el suicidio de mi
torturador
Pedro Alejandro Matta
Rebelión
Conocí a Barriga -mejor dicho, él me conoció a mí- en Villa
Grimaldi, a mediados
de mayo de 1975. Él en su calidad de torturador y yo, en mi calidad
de
"prisionero de guerra" y detenido-desaparecido en Villa Grimaldi,
vendado,
amarrado, torturado e identificado tan sólo por un número, el 209.
La noticia de su suicidio un par de semanas atrás, me sorprendió
fuera de
Santiago. No puedo decir que su muerte me entristeció. No se
entristece un
torturado al enterarse de la muerte de su torturador. Sin embargo,
ella no me
causó ninguna alegría: me causó decepción. Esperaba y confiaba que
en algún
momento me encontraría con Barriga en un careo judicial. Era lo que
esperaba
como resultado de la querella por torturas que ingresé a los
Tribunales de
Justicia el año 2002 y que se encuentra actualmente en trámite. Allí
individualizaba a Barriga, "don Jaime", como el comandante de la
unidad de la
DINA responsable de la represión al Partido Socialista en 1975 y
como uno de mis
principales torturadores.
No sentí ni he sentido nunca odio contra Barriga. El odio, ante la
inconmensurable crueldad de los crímenes cometidos, parece un
sentimiento casi
banal... Sentí -y siento- un profundo desprecio y una gran
repugnancia hacia él
y hacia todos aquellos que torturaron, asesinaron e hicieron
desaparecer a
personas.
Creí que iba a tener la oportunidad de poder mirarlo directamente a
los ojos. En
Villa Grimaldi estuve siempre permanentemente vendado, amarrado y
físicamente
destrozado. Al enfrentarlo cara a cara, esperaba poder tratar de
entender qué es
lo que hay dentro de un sujeto que es capaz de hacer pasar las
ruedas delanteras
de una camioneta por encima de las piernas de un detenido (caso de
Ariel
Mancilla Ramírez, constructor civil detenido desaparecido y amigo
mío, torturado
de esa forma en Villa Grimaldi en marzo de 1975); un individuo que
es capaz de
colgar de los testículos a otro detenido desde un árbol que aún
existe, el gran
ombú que domina lo que hoy es el Parque por la Paz (caso del médico
amigo mío y
anterior diputado del Partido Socialista, Carlos Lorca Tobar,
detenido
desaparecido en Villa Grimaldi en junio de 1975); un sujeto que es
capaz de
torturar con electricidad y asesinar a una mujer que se encontraba
en su octavo
mes de embarazo (caso de Michelle Peña Herreros, ciudadana española,
también en
Villa Grimaldi en la misma época) o un ente que es capaz de torturar
a una joven
mujer -integrante de la estructura del P.S. a la que yo pertenecía-
introduciéndole un palo de escoba en la vagina -sucesos que
ocurrieron en los
mismos días en que yo me encontraba en Villa Grimaldi.
O, como en mi caso, ordenar y participar en torturas -colgamientos-
que
provocaron lesiones "por torsión y tracción" de acuerdo al informe
pericial del
Instituto Médico Legal relacionado a mi querella, las cuales
persisten hasta el
día de hoy en mi hombro izquierdo.
Pero para Barriga no era importante tan sólo destruir "al enemigo" a
través de
brutales torturas. También era igualmente necesario denigrarlo y
humillarlo,
forzando dentro de la boca del prisionero que permanecía con los
ojos vendados y
amarrado a la parrilla, los excrementos que habían sido expelidos de
su cuerpo
como efecto de la pérdida de control de los esfínteres por las
descargas
eléctricas durante la sesión de tortura. Y puedo dar fe de ello
porque así
ocurrió en mi caso. Y Barriga no era peor que sus subordinados o sus
jefes
inmediatos.
Y se suman a este breve recuento y experiencia personal referida a
Barriga, los
centenares de casos de torturados, con sus desconocidos detalles y
decenas de
desaparecidos de los cuales Barriga debería haber dado cuenta antes
de morir,
incluyendo las víctimas de Calle Conferencia, caso que lo llevo a
saltar al
vacío.
Ese era el tipo que se suicidó. No creo que haya sido una gran
pérdida para la
humanidad.
Barriga sólo permaneció un breve tiempo en detención. Y ésta se
llevó a cabo en
el entonces recinto de Policía Militar del Regimiento de
Telecomunicaciones de
Peñalolén. El mencionado recinto de detención -el cual tuve
oportunidad de
conocer- era un pequeño parque arbolado que contaba con seis cabañas
de las
cuales se asignaba una a cada militar detenido por violación a
derechos humanos.
Las cabañas contaban con dos dormitorios, living-comedor, cocina,
baño,
teléfono, computador conectado a internet y televisor conectado a
cable, y
estaban distribuídas alrededor de una piscina común. Barriga jamás
pisó una
cárcel, al menos en calidad de detenido.
Barriga se quejaba de que su pensión de retiro como oficial de
ejercito,
ascendiente a más de $ 700.000, le era insuficiente para vivir y,
por tanto, se
veía obligado a trabajar para obtener ingresos extras.
Barriga jamás entregó información útil para dilucidar casos de
violación de
derechos humanos.
Ello lo hizo objeto de la FUNA, a la cual Barriga en su carta
póstuma también
culpó de su muerte.
Participé en la primera FUNA que se realizó en este país, el 1° de
Octubre de
1999, FUNA que se dirigió a un médico torturador.
Posteriormente y de acuerdo a mis disponibilidades de tiempo,
participé en muchas
otras, incluyendo la FUNA al propio Barriga frente a su domicilio,
el
departamento que poseía en Irarrázaval con Campos de Deportes.
No pude asistir -porque me encontraba en actividades académicas
fuera del país-
a la FUNA que lo denunció como alto empleado de Supermercados Líder,
pero si
hubiera estado en Chile con seguridad habría ido pues suscribo
absolutamente los
objetivos de la FUNA: creo que es extremadamente importante y
necesario informar
a los vecinos de los distintos barrios de los torturadores y
violadores de
derechos humanos que viven en su entorno inmediato. Como así mismo,
informar a
los trabajadores de distintas empresas e industrias de aquellos
asesinos que
trabajan junto a ellos, o que los dirigen. Asesinos o torturadores
que viven
ocultando su identidad y su pasado. Y esta actividad de denuncia
pública, la
FUNA, se efectúa siempre sin violencia, portando pancartas y lienzos
alusivos,
distribuyendo volantes con la fotografía, la dirección, y la
biografía del
funado, tocando música, cantando canciones y demostrando genuina
alegría -la
alegría que se produce naturalmente por saber que se esta haciendo
lo correcto y
lo decente- y donde jamás han existido daños a la propiedad pública
o privada
-incluida la del funado-, con personas -mayoritariamente jóvenes-
que van a
rostro descubierto y que no se ocultan bajo identidades falsas o
rehuyen
responsabilidad por la actividad que han decidido apoyar. ¡Qué
distinta actitud
comparada con la asumida por sujetos como Barriga o sus colegas!
Ante el suicidio del torturador se ha afirmado por parte del
Comandante en Jefe
del Ejercito que Barriga vivió con honor. Sólo me cabe reflexionar
sobre el
contenido y significado de esas palabras. Concluyo entonces que el
concepto de
honor militar del actual Comandante en Jefe está necesariamente a la
altura del
torturador suicidado. Conozco y respeto a otros militares -de
Fuerzas Armadas de
otros países- y sé que su concepto de honor militar no coincide con
rendir
visitas de pésame a la familia de un torturador y efectuar un
homenaje póstumo a
un criminal. Es un sui generis concepto del honor militar y de la
dignidad del
que hicieron gala Barriga y sujetos de su misma calaña y que hoy es
recogido por
el Comandante en Jefe del Ejército. Es también una demostración más
de que el
ejército de Chile continúa siendo el ejército de Pinochet y que el
proceso de
reconstrucción moral de sus efectivos durará todavía por muchos
años, hasta que
el último de los oficiales de Pinochet -Cheyre incluido- hayan
desaparecido y su
legado de horror y su concepto del "honor militar" hayan sido
borrados por la
historia, por los procesos judiciales y por la civilidad.
Pedro Alejandro Matta Lemoine
Ciudadano Chileno, Cédula de Identidad 5.920.271-5
Estudiante de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile hasta
el golpe de
Estado del 11 de septiembre de 1973.
Ex prisionero político de la Dictadura (1975-1976) y refugiado
político y
exiliado en Estados Unidos (1976-1991). |
| |
|