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Por Francesca Fontanini*
FREETOWN, Sierra Leona (ACNUR).- Durante la
mayor parte de mi vida, ir a un salón de belleza ha sido un
inconveniente necesario. Nunca he deseado ir, ni tampoco
intercambiar intimidades con mi peluquero. Por ello, cuando me
recomendaron un peluquero nuevo en Freetown, permanecí tan
callada como de costumbre, desplazándome por el salón con mi
boca firmemente cerrada.
Sin embargo, no pude resistir por mucho tiempo a los amistosos
modales y la impresionante capacidad de comunicación de Abbey.
Mientras me sonreía, hablándome de sus aventuras nocturnas -
sin ningún afán de ocultar sus preferencias sexuales al ser
gay- me interesé en conocer más sobre la vida turbulenta que
lo había llevado, desde su nativa Liberia hasta Guinea y
eventualmente a este poco glamoroso salón de belleza en Sierra
Leona.
Cuando Abbey dejó la capital liberiana, Monrovia, todavía
asistía a la escuela secundaria. Un coronel de la fuerza
pacificadora de África Occidental, ECOMOC, le ayudó
económicamente a continuar sus estudios. Pero esa asistencia
terminó cuando el oficial dejó el país y Abbey decidió irse
también, antes de que pudiera completar sus exámenes finales.
"Las cosas se están complicando", le dijo a la familia que
dejó atrás. "No quiero que me obliguen a unirme al ejército y
ser asesinado".
Todo esto sucedió en 1996. Se dirigió con un grupo de amigos
hacia la seguridad, hacia Nzerekore, en el bosque lluvioso de
Guinea. Sin ingresos económicos y con apenas conocimientos
rudimentarios del francés, decidió irse a Conakry, la capital
de Guinea. Tuvo suerte, ya que se le dio la oportunidad de
trabajar en un salón de belleza. La dueña del salón era una
mujer de Sierra Leona, que al igual que él, había escapado de
la guerra civil en su país.
Hombres en riesgo
En 1998, la guerra en Sierra Leona tuvo un pequeño receso. La
jefa de Abbey decidió regresar a Sierra Leona y reubicar su
salón en Freetown, la capital de ese país. Entonces invitó a
Abbey a seguirla y de esta manera el muchacho de 23 años
terminó en la capital sierraleonesa. Era el único empleado
varón en el salón, pero pronto estableció una buena cartera de
clientes entre los oficiales de ECOMOG. Incluso, solía ir a
sus hogares a hacer pedicura y manicura.
Esto último salvó su vida. En mayo de 1999, cuando los
rebeldes del Frente Unido Revolucionario (FUR) ingresaron en
Freetown, Abbey fue detenido tres veces por las fuerzas de
ECOMOG, que lo acusaban de ser un rebelde debido a su acento
liberiano. En una oportunidad enfrentando la ejecución, fue
reconocido por el conductor de un oficial de ECOMOG que era
uno de sus clientes y liberado.
Ahora la paz ha regresado a Sierra Leona. Abbey no quiere
regresar a Liberia: "No me siento seguro en ese lugar". El se
siente feliz e independiente con su vida social y profesional
en Freetown. Ha conocido nuevos amigos, entre ellos muchos
gay, pero permanece discreto cuando se refiere a su
orientación sexual: "Es difícil ser un refugiado, pero ser un
refugiado gay es aún más difícil".
Antes de llegar a Freetown, los refugiados gays de Sierra
Leona que vivían en Conakry le habían advertido que los
varones abiertamente homosexuales, no eran aceptados en Sierra
Leona. "Suelen provocar y avergonzar a las personas
homosexuales", se le dijo. Pese a estar más relajado después
de años de encontrarse en esta capital, Abbey todavía presta
atención a esta advertencia.
Existen muchos estigmas en Freetown con respecto a la
comunidad gay y "tu puedes ser sincero únicamente con personas
que conoces y confías", dijo. Ya que los empleos son escasos,
los homosexuales piensan que es arriesgado declararse
abiertamente gay porque temen ser despedidos.
Aceptándose en el exilio
Rose, otra liberiana, escapó de Monrovia en 1996, después de
que los rebeldes atacaron su vivienda y asesinaron a su padre
ante la horrorizada familia. Para ella, esto fue el fin de su
juventud y de su pacífica vida familiar. Traumatizada, huyó a
Ghana, en un vehículo junto a un grupo de amigos.
En Ghana, fue albergada en el campamento para refugiados de
Buduburam, donde participó en un curso de capacitación de
costura, con la ayuda de la agencia de las Naciones Unidas
para los refugiados.
Allí, ella también asumió su homosexualidad e inició una
relación con otra mujer en el campamento. Cuando su compañera
abandonó el país para buscar una mejor vida en Europa, Rose se
sintió sola y abandonada y decidió ir a Sierra Leona. No
quería ir a Liberia ya que temía a la situación de seguridad y
a su familia, que probablemente no aceptaría su nueva decisión
personal.
La mujer, mucho mayor que Rose, todavía la apoyaba
económicamente desde Europa. Gracias a estas contribuciones,
Rose pudo construir un pequeño lugar para ella en Freetown.
Desafortunadamente, su vivienda se quemó en un accidente y
ahora tiene que compartir un lugar con otros amigos.
Aun así, la vida de Rose es bastante confortable en Freetown.
Permanece discreta sobre su orientación sexual. Ella piensa
que sus vecinos sierraleoneses no están al tanto de su
"mundo".
Ya no más mantenerse ocultos
A Abbey y Rose les gustaría compartir sus preocupaciones con
los refugiados que viven en ocho campamentos para refugiados
liberianos. "Es importante hablar sobre el VIH-SIDA", dice
Abbey.
"Yo soy responsable de mi futuro y me gustaría animar a otros
a ser responsables también". Sin embargo, el es cauteloso
porque sabe que un campamento para refugiados es una comunidad
pequeña, donde la privacidad y la seguridad no pueden ser
garantizadas y donde reina la homofobia.
"Todo el mundo debería estar al tanto de esta enfermedad",
agregó Rose. "Practicar el sexo seguro y recibir consejería
son dos elementos importantes para prevenir la enfermedad".
Rose y Abbey se encuentran entre los 66.000 refugiados
liberianos que viven actualmente en Sierra Leona. Su historia
es poco conocida, pero debería recordarnos que los derechos de
las minorías en todo el mundo deberían ser también respetados
y protegidos, ya sea en su país de origen o en el exilio.
* La autora es la Oficial de Información Pública del ACNUR en
Sierra Leona. |
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