"No hay camino para la paz, la paz es el camino".(M.Gandhi)

 

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Refugiada sudanesa obtiene una nueva oportunidad en la vida


KAKUMA, Kenia (ACNUR).-  La refugiada sudanesa
Nyankiir Deng espera con ansias la posibilidad de tener una
vida tranquila en Australia. Después de años de constante
desplazamiento, sufrir en una relación matrimonial abusiva y
soportar acoso constante, en los próximos meses tendrá
finalmente una oportunidad para comenzar su vida junto a sus
cinco hijos, gracias al programa de reasentamiento.

Por ahora, se encuentran viviendo en una casa de adobe ubicada
en una zona protegida en el vasto campamento para refugiados
de Kakuma, en el noroeste de Kenia. Los niños mayores han
dejado de asistir a la escuela y pese a ello, Nyankiir teme
constantemente por su seguridad.

A sus 27 años de edad, Nyankiir ha pasado por situaciones que
la mayoría de las personas jamás deberá enfrentar en su vida,
y aun así, ella es una de las muchas mujeres sudanesas que
comparten experiencias similares.

Nyankiir huyó de su nativa Sudán en 1987, después de que las
fuerzas gubernamentales bombardearan su poblado, en lo que fue
una de las más prolongadas guerras civiles de África. Junto a
sus padres, dos hermanas y un hermano, escapó rumbo al este,
hacia Etiopía, donde lograron establecerse en el campamento de
Fugnido. En 1991, con la caída del régimen de Mengistu, fueron
forzados a regresar a Sudán.

Un año después, otro bombardeo en Sudán obligó a su familia a
huir en distintas direcciones. Nyankiir se encontró entre un
gran grupo de personas que se dirigían hacia el sur, hacia
Kenia, donde fueron recibidos por las autoridades de ese país
y la agencia para los refugiados de las Naciones Unidas.
Separada de su familia, Nyankiir fue puesta al cuidado de otra
familia. Fue registrada como miembro de su nueva familia
cuando fueron trasladados al campamento para refugiados de
Kakuma.

Las penas de Nyankiir comenzaron cuando, siendo una
adolescente, fue violada una noche cuando se encontraba camino
a su casa. Demasiado asustada como para denunciar el hecho, se
convirtió en una persona retraída y dejó de asistir a la
escuela. A los 16 años, fue obligada a casarse con un miembro
de la comunidad de sus atacantes con el fin de recaudar dinero
para la dote del único hijo de su familia adoptiva. Como
sucede en muchas culturas africanas, cuando una mujer se casa,
su esposo paga una dote -a menudo en forma de ganado y/o
dinero -a cambio de la novia.

Después de varios años en un matrimonio abusivo, Nyankiir
decidió que ya había tenido suficiente y quiso tener una vida
mejor. Se inscribió en un curso de inglés para mejorar su
interacción con otras mujeres en el campamento,
particularmente para compartir sus experiencias con mujeres de
otras nacionalidades. El campamento de Kakuma es hogar de
mujeres burundianas, congoleñas, eritreas, etíopes, rwandesas,
somalíes, sudanesas y ugandesas, pero todas hablan idiomas
distintos. El inglés y el francés son las únicas lenguas
comunes para la comunicación.

Luego, se unió a un grupo local de mujeres, fundado por el
ACNUR y administrado por Don Bosco, una organización no
gubernamental, para aprender destrezas de auto confianza.
Durante las reuniones semanales, las mujeres también discutían
asuntos que las afectaban y buscaban soluciones por medio del
grupo de apoyo de mujeres -una iniciativa para enseñar a las
mujeres sobre los derechos humanos y una mejor protección, así
como para suministrar apoyo de la comunidad a las
sobrevivientes de la violencia sexual y de género.

Cuando su esposo le quebró la mano durante una pelea, las
mujeres de esta agrupación llevaron a Nyankiir al hospital del
campamento. Ella denunció a su esposo a la policía antes de
ser referida a un abogado del ACNUR que maneja casos de
violencia sexual y de género. Su esposo fue acusado de
violencia y sentenciado a seis meses de prisión, o a una multa
de 5.000 shillinges kenianos (unos US$66.00). Sus familiares
pagaron la multa y fue liberado.

Desde ese momento, Nyankiir sufrió a diario el acoso de su
esposo y su familia. Buscó ayuda en las cortes tradicionales,
los Payams, que refirieron el asunto a otra corte en el sur de
Sudán para un juicio final. Nyankiir no quería ir al sur de
Sudán debido a la inseguridad y al hecho de que ella no
conocía a nadie allí, al haber perdido contacto con su
familia.

Finalmente, su esposo solicitó el divorcio y le fue otorgada
la custodia de sus hijos en consideración a que había pagado
una dote al momento del matrimonio. Nyankiir volvió a perder
su hogar, pero no estaba dispuesta a dejar perder a la única
familia que conocía, sus hijos.

Con la ayuda del abogado del ACNUR, Nyankiir y sus hijos
fueron trasladados a una zona diferente en el campamento.
Después de un fallido intento de secuestro realizado por la
familia de su marido, la madre y los niños fueron trasladados
a la "zona de protección", una zona cercada junto a la
estación de policía donde se da albergue temporal a los casos
con alto riesgo de seguridad, mientras se busca una solución
al problema.

Las soluciones varían desde el arbitraje, el cual algunas
veces resulta en la reintegración dentro de la comunidad, la
transferencia al campamento de Dadaab, en el este de Kenia; o
el reasentamiento a un tercer país.

Los intentos para reconciliar a Nyankiir con la familia de su
esposo fueron infructuosos, ante la insistencia de éstos de
tener la custodia única de los cinco niños, pese a las
recomendaciones que indicaban que éstos se encontrarían mejor
custodiados con su madre. La familia de su esposo insistía de
que si este era el caso, se les debía restituir la dote
pagada. Pero la familia de adopción de Nyankiir no se
encuentra en condiciones de reintegrar el dinero y ha estado
presionándola para que entregue a los niños.

En vista de todos estos factores, el ACNUR decidió proponer a
Nyankiir el reasentamiento hacia un tercer país, bajo la
categoría de mujeres en riesgo. Después de extensas
entrevistas y 13 meses de espera, fue aceptada por el gobierno
de Australia en abril de 2003, y finalmente tendrá la
oportunidad de llevar una vida familiar normal.

Por Rose Kimotho
ACNUR Kakuma
 

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